¿El viento es nuestro?

Juan Carlos Ruiz Guadalajara*

La verdad y la no violencia constituyeron la esencia del pensamiento de Mahatma Gandhi. Su vida, definida por él mismo como su mensaje, fue una búsqueda cotidiana de la verdad, única fuerza capaz de transformar al individuo como primer paso de cualquier cambio social. En todas sus acciones y programas constructivos Gandhi buscó para el mundo el triunfo de la verdad, herramienta de humanización contra la violencia provocada por el error de aceptar la injusticia y la mentira; en 1920, afirmó que quien no sabe lo que es decir la verdad es como una moneda falsa y sin valor.

Pienso en esto mientras observo el escenario mexicano, marcado por la intención del poder constituido de imponer la mentira a través de una violenta ofensiva mediática que raya en el fascismo, estrategia que funcionó en la compra de la Presidencia y que ahora se aplica como praxis de gobierno para confundir, desinformar y utilizar el odio social como instrumento de dominación. Analicemos una cara del mensaje que Peña Nieto pretende inocular cada minuto en el imaginario del nacionalismo basura que predomina en México: el viento es nuestro. ¿De verdad?

El viento fue considerado hace décadas como fuente renovable de energía eléctrica (energía eólica), esperanza de mejoras en la vida de las regiones que cuentan con dicho recurso y factor de posible autosuficiencia energética. En la última década del siglo XX y ante el calentamiento global, las energías renovables y la transición energética fueron convertidas por los corporativos trasnacionales en oportunidad para millonarios negocios calificados falsamente como verdes. El viento fue transformado entonces en una codiciada mercancía, despojándolo de sus potenciales beneficios sociales. Con ello, las magníficas corrientes eólicas de México quedaron en la mira del neocolonialismo empresarial. Las reformas impuestas por Salinas en 1992, por Zedillo en 1997 en materia de energía eléctrica y por Calderón en 2008, abrieron el camino de la privatización del sector eléctrico nacional. Los particulares adquirieron facultad de generación, cogeneración, autoabastecimiento y garantías para la compra de sus excedentes eléctricos por parte de la Comisión Federal de Electricidad (CFE), la cual ha abatido artificialmente su capacidad para dejar espacio libre a estos negocios. Hoy, 31 por ciento de la energía eléctrica que se genera en México proviene de empresas privadas, mayoritariamente extranjeras.

En cuanto al viento, la CFE centró sus esfuerzos en el corredor eólico del Istmo de Tehuantepec, único en el mundo, que permitió en 1994 instalar con éxito un primer campo de siete aerogeneradores que produce 1.5 megawatt (Mw). Sin embargo, en lugar de crear un plan de desarrollo sustentable de energía eólica en beneficio de las comunidades del istmo, la CFE entregó el recurso eólico para megaproyectos de abastecimiento eléctrico a empresas privadas que adquirieron, además, posibilidad de traficar mundialmente bonos de carbono. Las poblaciones del corredor eólico, predominantemente indígenas, quedaron así expuestas al desarrollo de campos eólicos a gran escala. En la década reciente, la ocupación del istmo para instalación masiva de aerogeneradores avanza, y los enfrentamientos aumentan entre quienes se resisten al despojo de sus recursos y quienes deciden entregar por 30 años sus tierras a las empresas a cambio de una miserable renta, pero sobre todo, a cambio del bien comunitario.

La presión sobre la tierra istmeña para transferir intensivamente la riqueza eólica de sus cielos al capital privado ha causado daños sociales y ambientales, muy superiores a los supuestos beneficios que debió traer a la región el aprovechamiento de sus vientos. En el corredor de Tehuantepec operan ya 16 campos eólicos que impactan una superficie mayor a 50 mil hectáreas; nueve producen 650 Mw con más de 350 aerogeneradores para autoabastecimiento de empresas como Cemex, Bimbo, Femsa-Coca-Cola, Walmart y Peñoles, y pertenecen en su mayoría a trasnacionales de España e Italia. Cinco campos más, de empresas españolas, son productores independientes y generan 511 Mw con 393 aerogeneradores. Los dos restantes pertenecen a CFE y cuentan con 107 aerogeneradores para 85 Mw.

De los mil 280 Mw de energía eólica que se producen actualmente en México, mil 184 Mw son generados por empresas predominantemente extranjeras, mismas que concentran en Tehuantepec la mayor parte de la producción (mil 161 Mw). Sin embargo, esto es sólo el comienzo. En su lógica de máxima ganancia las trasnacionales pretenden contar para el 2030 con cinco mil aerogeneradores en el istmo para producir hasta 7 mil Mw, equivalentes al 10 por ciento de la producción nacional, lo que impactaría, en cálculos conservadores, más de 150 mil hectáreas de tierras ejidales y comunales, además de daños a ecosistemas asociados, afectaciones profundas a las relaciones sociales y económicas de la región y pérdida de soberanía política y energética.

La publicitada limpieza de la energía eólica en México es un mito: su origen mercantil y masivo tiene como destino final industrias depredadoras, no el beneficio social. La embestida trasnacional sobre los recursos eólicos del país incluye múltiples estrategias: reclutamiento de ex funcionarios como Georgina Kessel, ex secretaria de Energía y actual asesora de Iberdrola; cabildeos políticos para modificar la Constitución y consolidar la privatización del sector energético; inducción de conflictos comunitarios y violencia social; despliegue de organizaciones no gubernamentales trasnacionales y mercenarias para penetrar comunidades, como el caso del Barefoot College al servicio de la italiana Enel en Oaxaca, etcétera.

Lázaro Cárdenas calificó en 1938 la expropiación petrolera como un acto de soberanía, dignidad y profunda liberación económica del país. Peña Nieto, en contraste, está convertido en una moneda falsa y sin valor.

* Investigador de El Colegio de San Luis, AC

No a las eólicas

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